lunes, 12 de octubre de 2026

La Hispanidad: mucho más que España

Este día 12 de octubre se celebra el día de la Hispanidad y como todos sabemos es la fiesta Nacional de España. Se conmemora la fecha histórica del descubrimiento del continente de América por Cristóbal Colón. Necesariamente, este artículo hay que insertarlo en el contexto de las próximas Elecciones Generales del 29 de noviembre. Vamos a analizar la Hispanidad, qué relaciones tiene España (a grandes rasgos) a nivel económico, político, social y cultural con Iberoamérica, a qué debe aspirar y hasta dónde puede llegar como bloque en un mundo geopolíticamente complejo. Son cuestiones de los que los partidos deberían de retratarse en su campaña y hablar con claridad sobre todo ahora que con la "Ley de nietos" la campaña adquiere una visión internacional. Pero el punto de partida es que no se puede identificar la Hispanidad con simplemente España. Tiene una innegable relevancia histórica y cultural dado que la Comunidad Iberoamericana la forman 22 países, alrededor de 700 millones de personas e incluyendo a Portugal y Andorra. La Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) define las Cumbres que celebra como espacios en los que los Estados trabajan sobre intereses comunes. Ahora bien, compartir historia y vínculos (como la lengua en la mayoría) convive con realidades particulares muy diferentes. Así que voy a explorar lo que implica la Hispanidad analizando sus dimensiones política, económica, social y cultural y hasta qué punto puede ser una potencia geopolítica con entidad propia.

Una comunidad enorme pero políticamente fragmentada

En América Latina se asiste a una importante contradicción estructural. Pese a disponer de abundantes recursos naturales como reservas de petróleo, gas y litio así como buen clima para la agricultura y ganadería, coexisten tanto economías relativamente desarrolladas y estables como países con industrialización limitada, ingreso per cápita bajo y graves problemas de pobreza, desigualdad e inflación. A ello contribuye la compleja gobernabilidad, la inexistencia de instituciones sólidas y la experiencia de gobiernos autocráticos y populistas en muchos de los países. Además, en algunos de ellos el narcotráfico y la violencia tienen un peso importante alimentando la corrupción y desconfianza ciudadana. Conviven democracias con instituciones relativamente consolidadas (Uruguay y Costa Rica), otras que funcionan bien en lo electoral pero con distintos niveles de calidad institucional (Chile, Panamá, República Dominicana y Brasil), otros sistemas donde los contrapesos al poder ejecutivo presentan problemas por reformas judiciales o constitucionales (México y El Salvador), procesos recientes de deterioro democrático por golpes de Estado y/o corrupción (Perú y Bolivia) y regímenes autoritarios asentados (Cuba, Nicaragua y Venezuela). No existe un modelo político iberoamericano y ni tan siquiera puede reducirse a una división binaria. El escenario actual es el de una importante polarización con desgaste de partidos tradicionales y olas de alternancia ideológica sin paragón en Europa.

Respecto a cómo miran los ciudadanos de América Latina a España, no comparten la misma relación y perspectiva. En general, existe una percepción bastante favorable de España. El Barómetro de la Imagen de España del Real Instituto Elcano otorgó en 2023 a nuestro país una valoración media de 6,9 sobre 10 en América Latina, si bien difiere por países y perfiles políticos. Las mejores valoraciones se registraron en Guatemala y México con un notable (7,5) y más entre los de formación más elevada e ideología de derecha. Con la excepción de México casi todos valoraban mejor a España que a su propio país, si bien esa media es inferior comparada con EEUU, Italia, Francia y Alemania. Ahora bien, cuando lo que se pregunta es la valoración de la influencia histórica la nota baja a 6 en los encuestados de ideología de derecha y a suspenso con 4 en los de izquierda. Sobre la inmigración, España es el tercer país preferido para emigrar por detrás de EEUU y Canadá y es muy bien valorado en infraestructuras y destino turístico. Con todo, pese a estas valoraciones sociales no significa que todos los gobiernos mantengan la misma relación política con España.

Tenemos dos casos particulares en Iberoamérica. México es el principal socio de España en América Latina, segundo país inversor allí y destino prioritario para multinacionales españolas en banca, energía y telecomunicaciones. Sin embargo, se han experimentado tensiones diplomáticas y debates a cuento de la famosa "leyenda negra". López Obrador envió una carta al Rey Felipe VI en 2019 exigiendo disculpas públicas por los abusos cometidos en la conquista de América. La Casa Real jamás respondió pero luego la sucesora Claudia Sheinbaum volvió a recordarlo en declaraciones y no invitó al Rey a su toma de posesión. Como respuesta, el Gobierno de España inició un boicot diplomático no enviando a ningún representante. Esto fue aprovechado por Irene Montero que se desplazó para su "discursito". En octubre de 2025 fue Albares como Ministro de Exteriores quien reconoció "dolor e injusticia" sufrido por los indígenas de México y aludió a "luces y sombras" del pasado colonial. Esto de alguna manera zanjó la polémica. 

En cambio, el caso de Portugal es otra historia. El reclamo de Olivenza en Badajoz como ciudad lusa - que fue anexionada por España tras conquista y tratado en 1801 - no está enterrado del todo pero sí aparcado. En 2024, su ministro de Defensa aludía a un Tratado de Viena de 1815 y reclamaba la soberanía lusa de dicha localidad. Sin embargo, el mismo Presidente y el de Exteriores le desautorizaron, como también el Gobierno de España y el Ayuntamiento reivindicando la españolidad de la localidad. Además, se dice que los propios vecinos comentan entre risas que son hijos de españoles y nietos de portugueses. Esto no tiene nada que ver con el acoso híbrido de Marruecos contra Ceuta y Melilla. Con Portugal se llevan muchos años de buena sintonía y favorecida por la pertenencia a la UE desde el mismo año 1986. Existen importantes ejemplos de inversiones del país luso en España como EDP en energía y renovables, The Navigator Company en papel, Sonae en comercio y tecnología y Cimpor en materiales de construcción. 

España como puente entre Europa y América

España ocupa una posición singular dentro de la comunidad iberoamericana al constituir un punto de conexión estratégico entre dos espacios geográficos y políticos: América Latina y Europa. Y es especialmente significativa la dimensión económica de esta relación. Según datos del ICEX de mayo de 2025, España alcanzó una inversión superior a los 186.000 millones de euros netos en Iberoamérica, representando alrededor de un tercio de todo lo aportado por el país en el exterior. De hecho, España es el principal inversor europeo en la región y el segundo mayor internacional después de EEUU. La presencia empresarial española se extiende por prácticamente todos los grandes sectores de la economía. La banca tiene como principales exponentes a grupos como Santander y BBVA, en seguros está Mapfre, las telecomunicaciones cuentan con Telefónica, en energía destacan Iberdrola, Naturgy y Repsol, en infraestructuras y concesiones aparecen grupos como Aena, ACS-Dragados y Sacyr, en moda Inditex y Mango, en turismo Meliá e Iberostar y en transportes la aerolínea Iberia. Así que podemos hablar de una red económica construida durante décadas. México, Brasil y Argentina concentran más del 20% de las inversiones, mientras que Chile, Colombia y Perú también constituyen mercados relevantes para las empresas españolas.

Pero el flujo de capital no es ni mucho menos unidireccional. En los últimos años también ha aumentado considerablemente la presencia de empresas y capital latinoamericanos en España. España es el segundo destino extranjero del capital de esta región tras EEUU. El ICEX situaba en mayo de 2025 el stock de inversión iberoamericana en España por encima de los 66.800 millones de euros y señalaba la existencia de más de 600 empresas latinoamericanas con más de 44.000 empleos directos. México representa la mayor parte de esta inversión con más de un 50%, seguido por Argentina, Brasil, Colombia y Uruguay. También se observa aquí una notable diversificación: alimentación y bebidas, tecnología, servicios financieros, inmobiliario, restauración o logística son algunos de los sectores en los que se ha producido esta expansión. Así que en definitiva no estamos ante una simple relación entre una economía inversora y unos países receptores, sino que existe una red empresarial con conexiones en ambos sentidos.

La relación entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe se articula institucionalmente a través de la asociación UE-CELAC. Se trata del marco estratégico de cooperación y diálogo político que nació en 2013 para estructurar las relaciones diplomáticas, económicas y sociales. En base a ella se celebran las Cumbres entres 60 países y con cuatro ejes: 1) Inversión y transición ecológica y digital, 2) Acuerdos comerciales y diversificación de mercados, 3) Cooperación judicial y lucha contra el crimen organizado y 4) Cooperación científica y reducción de desigualdades sociales. La UE es la organización internacional mejor valorada en América Latina por encima de la ONU, del Banco Mundial, la OTAN o Mercosur. En materia de cambio climático y asistencia humanitaria es mejor valorada que EEUU y China, aunque pierde en el terreno militar en favor del primero y tecnológico en favor del segundo. En este marco, el papel de España puede resultar muy útil como interlocutor y punto de conexión de una región enormemente diversa con Europa. En un mundo cada vez más condicionado por la competencia entre grandes potencias, ese rol adquiere una importancia que va más allá de la historia compartida. Ahora bien, tampoco queda tan claro que España pueda transformar esa red de relaciones en una verdadera capacidad de influencia internacional.

La Hispanidad ante el reto de una mayor autonomía frente EEUU y China

Si la comunidad iberoamericana dispone de una población enorme, recursos naturales estratégicos, mercados importantes y vínculos históricos que facilitan la cooperación, surge una cuestión inevitable: ¿puede aprovechar todo ese potencial para aumentar su autonomía económica y reducir su dependencia de las grandes potencias? Pero la respuesta no pasa por competir directamente con EEUU o China. La diferencia de tamaño económico, tecnológico y militar hace poco realista pensar en Iberoamérica como un nuevo bloque capaz de disputarles su posición. El reto sería conseguir que estos países desarrollen más interdependencia entre ellos y eventualmente fuesen capaces de relacionarse con las grandes potencias desde una posición de mayor capacidad de negociación.

El primer problema es que, pese a la existencia de diferentes mecanismos de integración regional, el comercio entre los propios países latinoamericanos continúa siendo relativamente reducido en comparación con el peso que tienen sus intercambios con otras regiones del mundo. Mercosur (Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay), la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú), el Sistema de la Integración Centroamericana y otras iniciativas han tratado de reducir barreras y facilitar el comercio regional, pero todavía existe una importante fragmentación normativa, logística y comercial. Así que no bastaría con firmar nuevos acuerdos, pues también serían necesarias mejores conexiones ferroviarias y viarias, puertos, redes eléctricas, telecomunicaciones, sistemas aduaneros digitalizados y una mayor convergencia de normas. Y es que disponer de materias primas como cobre y litio, abundantes recursos agrícolas y un enorme potencial energético y renovable no garantiza una mayor autonomía. El verdadero salto económico consistiría en desarrollar conocimiento, tecnología y capacidad industrial alrededor de esos recursos. Así que han de invertir en educación, investigación, innovación y capital humano, puesto que de lo contrario Iberoamérica correría el riesgo de estancarse en un papel de proveedora de materias primas y consumidora de tecnología desarrollada en otros lugares.

Tampoco implica que Iberoamérica apueste por autarquía. No se trata de aislamiento, sino disponer de más alternativas. ¿Es posible políticamente? Aquí aparece el segundo y probablemente el mayor obstáculo. Cómo hemos visto, Iberoamérica reúne países con sistemas políticos diferentes, prioridades económicas distintas y posiciones internacionales que en ocasiones divergen considerablemente. Mercosur, por ejemplo, puede negociar acuerdos con la UE, pero eso no significa que exista un mercado iberoamericano integrado. Del mismo modo, en el caso de España su relación comercial con América Latina se desarrolla dentro del marco de dicha UE. Como hemos visto, España puede ejercer de puente, facilitar relaciones empresariales, tecnológicas y diplomáticas y aportar experiencia e inversión, pero no puede actuar al margen de las competencias comunitarias en materias como la política comercial.

Más que una lengua: una comunidad social, cultural y demográfica

Hasta ahora hemos hablado de la Hispanidad desde una perspectiva fundamentalmente política y económica. Así que faltan las dimensiones sociales y culturales. Los gobiernos pueden mantener discrepancias diplomáticas mientras sus sociedades continúan intercambiando estudiantes, turistas, trabajadores, empresarios, artistas y contenidos culturales. Una de las principales fortalezas de la Hispanidad puede encontrarse en esa red social y cultural que funciona con relativa independencia de los ciclos políticos. El esfuerzo institucional por conectar lo político con esa red nos lleva a varias entidades que promueven la cooperación, el diálogo y los vínculos culturales, educativos y sociales entre España e Iberoamérica. Por un lado, están las dependientes del Ministerio de Exteriores del Gobierno de España como el Instituto Cervantes (que promueve la enseñanza y conocimiento de la lengua española así como la difusión de la cultura hispana) y la Agencia Española de Cooperación para el Desarrollo (destacando su área cultural y archivística). Por otro lado, también asistimos a a entidades privadas no lucrativas y centradas en cooperación educativa y científica, como la Fundación Carolina y la Asociación Universitaria Iberoamericana de Posgrado (AUIP) para facilitar el intercambio académico y la investigación conjunta.

El español es, evidentemente, el elemento más básico de conexión. Más de 500 millones de personas lo tienen como lengua nativa y constituye uno de los espacios lingüísticos más extensos del planeta. Pero reducir la Hispanidad al idioma sería quedarse en la superficie. Una lengua común facilita algo mucho más importante: la circulación de ideas, cultura, conocimiento y personas. Un libro publicado en Argentina puede ser leído directamente en España, una serie española puede convertirse en un fenómeno en México, una canción colombiana puede triunfar en Chile, España o Perú y un creador de contenido puede construir una audiencia a ambos lados del Atlántico. La revolución digital y la nuevas redes sociales ha multiplicado esa capacidad de conexión hasta niveles que hace unas décadas eran difíciles de imaginar. Existe una enorme producción cultural que circula por todo este espacio: literatura, cine, televisión, música, gastronomía, deporte o entretenimiento. Pero compartir un tejido cultural no significa ser iguales, ya que la cultura hispana no es homogénea y precisamente ahí reside buena parte de su riqueza. El español de México no es idéntico al de Argentina, Colombia o España. La gastronomía peruana es diferente de la mexicana o la española. La música urbana latinoamericana convive con el flamenco, el pop español, el tango, la cumbia o multitud de tradiciones locales. Así que la Hispanidad puede entenderse como un espacio cultural común construido sobre muchas identidades diferentes.

En otro orden de cosas, España se ha convertido durante las últimas décadas en uno de los principales destinos de la emigración latinoamericana hacia Europa, al tiempo que millones de españoles mantienen vínculos familiares, profesionales o personales allí. Las migraciones han creado comunidades transnacionales en las que las fronteras tienen una importancia mucho menor: familias con miembros en distintos países, estudiantes que realizan parte de su formación al otro lado del Atlántico, profesionales que trabajan para empresas de otro país o personas que mantienen simultáneamente relaciones sociales y económicas en ambas orillas forman parte de una realidad cotidiana. Por eso son interesantes los casos de Brasil - a donde muchos españoles emigraron para trabajar en los cafetales - y Portugal en tanto no forman parte del mundo hispanohablante pero sí del espacio iberoamericano. Incluso EEUU introduce todavía otro detalle: una sociedad mayoritariamente anglófona pero con una enorme población de origen hispano y una creciente presencia social del español. Así que la consecuencia es que la Hispanidad no es solamente una herencia histórica y cultural, sino también una realidad demográfica contemporánea.

Conclusiones 

A la pregunta de "¿qué significa realmente pertenecer a la Hispanidad?" no existe realmente una respuesta única. Para algunos será fundamental la lengua, otros la historia compartida, en otros tendrán más importancia la familia y migración o simplemente la existencia de una comunidad cultural reconocible. Precisamente por eso, la Hispanidad puede ser entendida menos como una estructura política cerrada y más como un espacio de relaciones entre sociedades. Su futuro dependerá de si esos vínculos son capaces de mantenerse y desarrollarse en un mundo cada vez más globalizado y fragmentado. La tecnología facilita el contacto y multiplica la influencia de culturas y grandes espacios económicos. Así que quizá la principal baza de esta comunidad sea que no necesita convertirse en un bloque político para existir, dado que ya se percibe en las relaciones cotidianas entre millones de personas. La cuestión pendiente es si esa comunidad social y cultural puede servir también como base para una mayor cooperación económica, tecnológica y política.

Así que hablar de Hispanidad en pleno siglo XXI no puede limitarse a hablar de España. Ahora bien, nuestro país ocupa una posición particular dentro de ese espacio. Su pertenencia a la Unión Europea y sus profundos vínculos con América Latina le permiten actuar como puente entre ambos lados del Atlántico. La presencia de empresas españolas en Iberoamérica y, cada vez más, de capital y empresas latinoamericanas en España demuestra que esa conexión no pertenece únicamente al pasado y existe una interdependencia económica real. Impulsarla dependerá fundamentalmente de la capacidad de los propios países de la región para coordinar sus intereses, dado que la Hispanidad dispone de los factores que pueden favorecer una mayor cooperación: lengua compartida por la mayoría de sus miembros, vínculos históricos y culturales, importantes relaciones empresariales, recursos naturales, mercados de gran tamaño y una extensa red de instituciones de cooperación.

No es necesario construir un bloque enfrentado a EEUU o China ni a otras grandes potencias. Debe ser algo diferente y más complejo, que es aumentar su capacidad de elección y negociación mediante una mayor interdependencia interna. Cuanto más puedan comerciar, producir, investigar, desarrollar tecnología y generar cadenas de valor entre ellos, menos dependerán de socios exteriores. La mayor dificultad, por supuesto, es política. Los intereses nacionales no siempre coinciden y los mecanismos de integración existentes todavía están lejos de crear un verdadero espacio económico iberoamericano. El potencial existe, pero convertirlo en una realidad requiere acuerdos sostenidos y una voluntad de cooperación que vaya más allá de declaraciones institucionales y gobiernos temporales.

La Hispanidad del siglo XXI puede ser una comunidad formada por sociedades diferentes, con intereses políticos que no siempre coinciden, pero que mantienen suficientes vínculos como para cooperar cuando encuentran objetivos comunes. Por tanto, no tiene por qué mirar hacia el pasado para encontrar su sentido sino en todo caso desde el presente hacia el futuro. Existen más que incentivos para intentarlo aún en el entorno de un mundo con elevada incertidumbre y constantes tensiones geopolíticas externas. Así que de cara a las Elecciones Generales del 29-N, es preciso plantearse qué papel quiere desempeñar España en el mundo pero también qué importancia concede a sus relaciones con América Latina más allá del marco de la UE. No se trata de convertir la Hispanidad en una cuestión partidista con socios dependiendo del color político coyuntural y menos todavía de limitarse a pedir el voto a los nacionalizados no residentes. Se trata de reconocer que detrás de ella existen intereses económicos, culturales, diplomáticos y sociales que trascienden una legislatura y habrían de independizarse de los políticos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por comentar desde el respeto