Investigaciones
Las autoridades alemanas mantuvieron cautela sobre el móvil del atentado en las primeras horas, pero pronto avanzó la investigación hacia la hipótesis yihadista por varios elementos. Para empezar, el perfil no era ni mucho menos desconocido para la Policía. Así, según la Fiscalía federal alemana, ya era investigado por su relación con círculos islamistas. También figuraba en investigaciones por preparación de actos violentos contra el Estado y por difusión de propaganda yihadista. Además, había intentado incorporarse al Daesh. En un primer intento, en mayo de 2025, viajó hacia Mauritania pasando por Turquía, desplazamiento que los investigadores consideraban parte de su propósito de unirse al grupo yihadista. Meses después fue detenido en Líbano cuando trataba de llegar a Siria. En noviembre fue devuelto a Alemania y detenido en Berlín para seguidamente ser condenado. Sin embargo, la pena de prisión quedó suspendida siendo sometido a medidas alternativas y seguimiento desde mayo de este año 2026. La Policía localizó un vídeo en su teléfono móvil en el que una persona juraba lealtad al Estado islámico. Pese a aparecer con el rostro oculto, los fiscales consideraron que existían suficientes indicios para atribuírselo.
La investigación se ha estado centrando en varios puntos. La primera gran incógnita es si actuó como lobo solitario o si contó con apoyos. Se detectó que se activó el airbag del conductor y del acompañante. Eso no demuestra por sí mismo que hubiera alguien sentado allí, porque depende del modelo de vehículo, pero sí abre una línea de investigación. También aseguraron varios testigos haber visto a un hombre vestido de negro, armado con machete y atacando a varias personas después del atropello como un posible segundo agresor. Hasta la fecha, la Policía ha confirmado que ha detenido a varias personas presuntamente relacionadas y entre ellas a un iraní. Será necesario avanzar en si el terrorista estableció contactos personales, comunicaciones, posibles colaboradores y redes islamistas relacionadas.
La segunda cuestión es si existieron fallos de prevención. Es el punto más delicado, dado que como se ha indicado el terrorista ya era conocido por los servicios de seguridad, tenía antecedentes e incluso había pasado por prisión preventiva siendo sometido posteriormente a medidas de seguimiento y programas de desradicalización. Todo esto plantea dudas sobre su eficacia. Pero también se cuestiona si los servicios de inteligencia compartieron correctamente la información, si la legislación permite actuar antes de que exista una amenaza inmediata y si aquéllos programas están bien definidos o son insuficientes. Así que esto lleva a plantearse una pregunta más directa: ¿Cómo una persona considerada suficientemente radicalizada como para intentar unirse al Estado Islámico pudo estar libre meses después? El individuo, el año pasado, confesó los hechos. Afirmó haberse desvinculado del Estado Islámico, colaboró con la investigación y aceptó participar en un programa de desradicalización. Pero existen datos especialmente llamativos. El programa todavía estaba en una fase inicial y, según la información publicada, solo había tenido dos entrevistas. Una tercera estaba prevista para la semana siguiente y por lo tanto todavía no había una evaluación definitiva en un proceso que además era voluntario.
La tercera cuestión y no menos relevante, es la significatividad de que se haya producido durante el Orgullo de Berlín, lo que podría añadir una motivación ideológica y homófoba. El canciller Friedrich Merz ha señalado que el objetivo no parecía elegido azarosamente y que apuntaba contra la libertad y la sociedad diversa. A tal respecto, la oportunidad seleccionada para producir una masacre no sería espontánea sino planificada y el objetivo habría sido específicamente el Orgullo por considerar al colectivo LGTBi como incompatible con la interpretación extremista del Islam. A tal respecto, existen regímenes teocráticos en los que no sólo no se defienden los derechos del colectivo sino que se denostan y se persiguen.
Debates abiertos
Entre las repercusiones políticas y sociales, el debate en Alemania gira en torno a varias cuestiones algunas específicas y otras más generales. A nivel particular, se pone en duda si las autoridades disponían de herramientas suficientes para haber impedido al ataque. Pero más en general se plantea el endurecimiento de las medidas contra personas consideradas amenazas islamistas, la revisión de los programas de desradicalización y la gestión de la vigilancia de sospechosos previamente identificados. Así que el debate es tanto jurídico como de seguridad. El Estado de Derecho no permite encarcelar indefinidamente a alguien por una ideología si no existe una conducta delictiva actual, pero también surge la cuestión de si los mecanismos actuales son suficientes cuando hablamos de personas que intentaron unirse a una organización terrorista, consumían propaganda yihadista y podían mantener una radicalización pese a mantener una integración social muy limitada o inexistente. Según datos del Verfassungsschutz de Berlín, existirían unas 2.400 personas vinculadas al entorno islamista, más de 900 consideradas potencialmente violentas y 350 salafistas catalogados como violentos. Realmente, ¿los servicios de seguridad e interior tienen capacidad real para vigilar y controlar a todos los perfiles de riesgo?
A esto se le une un debate más y es lo considerado políticamente incorrecto en un mundo occidental que se presupone abierto y diverso pero en ocasiones muy obsesionado con no ofender a ninguna minoría, pese a que alguna de ellas atente contra otra. Convendría tener en cuenta que, en una sociedad multicultural, realmente no todas las subculturas están dispuestas a respetar los valores y derechos de otras. Consecuentemente, el Estado democrático debe de trabajar para proteger a esas últimas y pararle los pies a las anteriores. Como dice esta editorial de El Mundo, existe la percepción de una creciente parte del colectivo LGTBi de que la inmigración musulmana no integrada socialmente representa una amenaza. Por el contrario, desde la izquierda más autodefinida como progresista, se habría rehuido de criticar a aquélla mostrando una mayor reticencia a abordar este fenómeno por su temor a alimentar discursos xenófobos e incluso por la incomodidad de ser etiquetada como racista. Por el contrario, no parece preocuparle incurrir en contradicciones y considerar que las culturas occidentales son per se opresoras y las demás son oprimidas. Como antecedentes, quedan en la memoria el tiroteo masivo en la discoteca Pulse de Orlando con 48 víctimas y 53 heridos en 2016 y la operación en junio de 2023 que evitó un atentado planeado por yihadistas contra el desfile del Orgullo en Viena. Según estadísticas policiales en Alemania, los datos en Alemania de criminalidad son preocupantes y con cierta sobrerrepresentación de extranjeros en algunos delitos. Así que no debería sorprenderles el crecimiento de la derecha o incluso la extrema derecha (que pone más énfasis en el control de la inmigración y expulsión de los agresores), reflejan que siguen sin percatarse de la incongruencia.
Consideraciones
Berlín y por extensión Europa, se encontraría ante un dilema que no debería de esconderse y es cómo actuar para evitar un atentado cuando el atacante ya había sido identificado como potencial amenaza. Y existen dos factores que necesariamente juegan en el tridente radicalización, límites del Estado de Derecho y programas de desradicalización. Y son la integración social y la gestión de la inmigración y fronteras. De poco puede servir un programa para disuadir al extremista si su integración social es nula ya sea porque el entorno en el que se mueve es favorable a actitudes de odio y comportamientos hostiles. Así que ante todo el problema es estructural, dado que se genera caldo de cultivo cuando una persona, aún pese a obtener la nacionalidad del país en que vive, no se siente perteneciente a él, ya sea porque rechaza la cultura del país en que vive, se siente discriminado o bien dada su desconexión del mundo occidental se presta más a ser controlado o dominado por mafias con intereses más elevados que los suyos.
El caso alemán es relevante porque tanto datos estadísticos como el sentir de una importante parte de la población apunta a que existe un problema con la inmigración. Ya comentamos en un post anterior sobre el declive de líderes europeos que la excesiva manga ancha había generado inseguridad y desconfianza de los ciudadanos alemanes en la política tradicional, confiando cada vez más en AFD. Hay que valorar la posibilidad de que los servicios policiales estuviesen tan desbordados que se optase por programas de reinserción como vías más cercanas a la integración y menos controladoras. Sin embargo, esa laxitud que pudiera estar relacionada con altos niveles de inmigración que amplifican el trabajo tiene escasa justificación si se parte de un escenario de guetos, creciente delincuencia extranjera y antecedentes peligrosos. Así que no sólo habría que replantearse la política "correccional", sino el modelo de integración e incluso el inmigratorio que corre el peligro de asociarse con delincuencia importada a algo más que a los meros ojos de los ciudadanos. Y es que hay casos en que el Estado claramente falla en la integración, pero también hay otros en que su error se comete desde el momento en que sus fronteras no se restringen y se continúa alimentando un ambiente tensionado.
Por tanto, ante la pregunta difícil de responder de "¿hasta dónde puede llegar un Estado democrático para prevenir un atentado cuando el sospechoso aún no ha cometido un delito que permita encerrarlo?", creo que la primera reacción ha de partir en origen. El problema de fondo no radica únicamente en la existencia de programas de desradicalización, sino en la enorme dificultad para evaluar de forma fiable cuándo un individuo radicalizado ha abandonado realmente la violencia y cuándo simplemente ha aprendido a ocultar mejor sus convicciones. Si los servicios policiales y judiciales entendieron que el condenado por yihadismo era reinsertable, ponerlo en la calle demasiado pronto habría sido el principal error por mucho seguimiento que se le hiciese. Tampoco sabemos si la policía monitorizaba sus conversaciones privadas, pero sería un procedimiento muy cuestionable en un Estado de Derecho. A partir de aquí ya entramos en el terreno de las posibles respuestas políticas, donde existen distintas alternativas.
Deportar extranjeros delincuentes o condenados es un proceso costoso, incluso creando centros en otros países mediante convenios. Tal vez sea preciso valorar que pueda haber personas que no resulten socialmente recuperables porque ya se perdieron en el camino. Y es que el problema aquí no es la inmigración sin más, sino la combinación entre radicalización, integración insuficiente, límites del Estado de derecho y dificultades para evaluar el riesgo de reincidencia. Por ello, si admitimos que no existen medios suficientes, tal vez la alternativa más razonable sea escoger la más estricta: un mayor control y restricción de la inmigración asociada a radicalización. Desde luego, minimizar circunstancias como las sucedidas en Berlín no hace sino allanar el terreno para que algún día vuelva a suceder.

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